Cada año, con el final del ciclo agrícola, cientos de familias de la Montaña de Guerrero emprenden un viaje largo y difícil hacia los estados del norte y centro del país. En camionetas y autobuses repletos, hombres, mujeres y niños dejan sus comunidades en busca de trabajo temporal en los campos de Sinaloa y Guanajuato, donde la temporada de cosecha ofrece empleos en el corte de chile, jitomate, fresa y cebolla.
La migración laboral de las comunidades indígenas guerrerenses no es nueva, pero en los últimos años se ha intensificado por la crisis económica, la sequía y la falta de apoyos al campo. Según testimonios recogidos por Sur Acapulco, familias completas viajan desde municipios como Cochoapa el Grande, Metlatónoc y Tlapa de Comonfort, muchos de ellos hablantes de tu’un savi (mixteco) y me’phaa (tlapaneco), para trabajar en condiciones que, aunque duras, les permiten asegurar el sustento familiar.
Los jornaleros suelen permanecer entre tres y cinco meses fuera de sus comunidades, viviendo en campamentos cercanos a los campos agrícolas. En el caso de Guanajuato, la mayoría se integra a los municipios de Irapuato, Celaya y Pénjamo, donde la producción de fresa y hortalizas genera alta demanda de mano de obra. Sin embargo, organizaciones civiles han advertido que las condiciones laborales en muchos casos siguen siendo precarias, con jornadas extensas y escasa protección social.
A pesar de los desafíos, para muchas familias esta migración representa una oportunidad de ingreso temporal. “Nos vamos porque allá hay trabajo. Aquí ya no se da la milpa y no alcanza para vivir”, comenta un jornalero que viaja con su esposa e hijos rumbo al Bajío. El ingreso obtenido suele destinarse a la compra de alimentos, útiles escolares o materiales de construcción para mejorar sus viviendas.
Autoridades estatales y municipales han implementado programas de acompañamiento y transporte seguro, con el fin de proteger a los jornaleros durante el trayecto y garantizar que sus derechos sean respetados. La Secretaría del Trabajo de Guerrero informó que mantiene coordinación con gobiernos receptores como Guanajuato y Sinaloa para registrar a los trabajadores agrícolas y promover condiciones dignas.
Sin embargo, los retos persisten. Expertos señalan que esta migración revela las profundas desigualdades entre las regiones rurales del país. Mientras la Montaña sigue siendo una de las zonas más pobres y marginadas de México, los estados receptores dependen de su fuerza laboral para sostener parte de su producción agrícola.
Entre caminos de tierra, autobuses saturados y campos lejanos, estas familias llevan consigo una mezcla de esperanza y resignación. Su viaje no solo es geográfico, también es una búsqueda de dignidad, un esfuerzo silencioso que conecta a los rincones olvidados de Guerrero con las tierras fértiles del Bajío.


